Hay una diferencia importante entre poder hacer algo y tener capacidad suficiente para hacerlo con margen.

A veces confundimos ambas cosas.

Mientras una tarea sigue siendo posible, tendemos a asumir que todo está bien. Pero la capacidad puede ir disminuyendo durante bastante tiempo antes de que aparezca una limitación evidente.

Ese espacio entre lo que podemos hacer y lo que realmente necesitamos hacer es lo que me interesa cuando hablo de reserva funcional.

No como una cifra única.

No como un test.

Y tampoco como otra métrica para coleccionar.

Me interesa como una forma de pensar la relación entre capacidad y demanda.

Si una tarea exige poco respecto de lo que tenemos disponible, existe margen.

Si empieza a exigir una proporción importante de nuestra capacidad, ese margen se reduce.

La idea es simple.

Lo interesante es lo que implica.

La función puede mantenerse mientras la reserva cae

Podemos seguir haciendo muchas cosas aunque necesitemos cada vez más de nuestra capacidad para hacerlas.

Eso significa que la función visible puede mantenerse mientras la reserva se deteriora.

Desde afuera no siempre se nota.

Seguimos moviéndonos.

Seguimos entrenando.

Seguimos haciendo nuestra vida.

Pero internamente la relación entre demanda y capacidad puede estar cambiando bastante.

Por eso no me convence demasiado usar como referencia única algo como:

“todavía puedo hacerlo”.

Claro.

Pero la pregunta es cuánto cuesta.

Y cuánto queda después.

Cress y Meyer estudiaron hace años esta relación en adultos mayores y encontraron asociaciones no lineales entre capacidad física máxima y desempeño funcional. La idea central era justamente ésa: podemos perder capacidad antes de perder función de forma evidente.

No me interesa convertir sus valores de referencia en límites universales.

Sería forzar demasiado el dato.

Lo útil es entender la lógica.

Cuando la capacidad empieza a acercarse demasiado a las demandas cotidianas, pequeñas pérdidas dejan de ser tan pequeñas.

Eso cambia mucho la forma de pensar el entrenamiento.

Esperar a perder función para empezar a preocuparnos por la capacidad física es llegar tarde.

No existe una sola reserva

También hay que tener cuidado con la expresión “reserva funcional”, porque puede sonar como si existiera un único depósito general de capacidad.

No es así.

Podemos tener buen nivel cardiorrespiratorio y poca fuerza.

Buena fuerza y poca potencia.

Buena capacidad física global y, sin embargo, problemas de equilibrio, movilidad o tolerancia al esfuerzo.

La reserva depende de la tarea.

Por eso no creo demasiado en los indicadores que prometen resumir en una sola cifra algo tan amplio.

Hay métricas útiles.

Hay pruebas útiles.

Pero ninguna reemplaza la pregunta principal:

¿capacidad para qué?

Sin esa pregunta, medir pierde bastante sentido.

Y esto también explica por qué no veo demasiado valor en una evaluación cargada de datos si después no cambia nada.

Podemos medir fuerza, potencia, capacidad cardiorrespiratoria, velocidad de marcha, equilibrio o movilidad.

Perfecto.

Pero tener más datos no significa automáticamente entender mejor a una persona.

A veces significa simplemente tener más datos.

La reserva aparece cuando relacionamos una capacidad con una demanda concreta.

Ahí el número empieza a decir algo.

El margen importa más cuando algo cambia

La vida no ocurre en condiciones perfectamente estables.

Dormimos peor.

Nos enfermamos.

Nos lesionamos.

Pasamos periodos de menor actividad.

Envejecemos.

Cambian nuestras obligaciones.

A veces simplemente tenemos semanas más exigentes.

Cuando existe margen, esas variaciones se toleran mejor.

Cuando no existe, cualquier cambio pesa más.

Ésa es una de las razones por las que la idea de reserva aparece de forma tan clara en la literatura sobre fragilidad.

La fragilidad no es lo mismo que tener poca condición física.

No mezclaría ambas cosas.

Pero sí comparte un principio útil: cuando disminuyen las reservas fisiológicas, el organismo pierde capacidad para responder bien a los estresores.

Ese principio me parece bastante intuitivo.

No necesitamos estar enfermos para entenderlo.

Cuanto más cerca estamos de nuestro límite habitual, menos espacio queda para absorber cambios.

Tampoco todo depende del cuerpo

Ahora bien, reducir la función a capacidad física también sería un error.

Una persona no funciona en el vacío.

El entorno importa.

El dolor importa.

La salud articular importa.

La cognición importa.

Las enfermedades importan.

La accesibilidad importa.

La OMS distingue entre capacidad intrínseca y capacidad funcional precisamente porque lo que podemos hacer depende tanto de nuestras capacidades como del entorno en el que intentamos usarlas.

Eso pone las cosas en perspectiva.

Tener más fuerza o más capacidad aeróbica no resuelve todo.

Pero tampoco da lo mismo tenerlas o no.

Aumentar capacidad física amplía el rango de demandas que podemos tolerar antes de alcanzar nuestro límite.

No garantiza independencia.

No garantiza salud.

No garantiza longevidad.

Pero sí puede darnos margen.

Y eso, por sí solo, ya tiene bastante valor.

Pensar antes de que falte

Una de las cosas que más me interesan de este concepto es que obliga a pensar en la capacidad física antes de que aparezca el problema.

Solemos preocuparnos cuando algo empieza a costar.

Cuando nos cansamos más.

Cuando perdemos fuerza.

Cuando dejamos de hacer cosas que antes eran fáciles.

Es comprensible.

Pero si la reserva puede reducirse durante años antes de que la función desaparezca, esperar a que aparezca una limitación visible no parece una estrategia especialmente inteligente.

No significa que tengamos que perseguir máximos deportivos.

Tampoco que más siempre sea mejor.

Significa algo bastante menos espectacular:

conviene llegar a las próximas décadas con capacidad suficiente.

Fuerza suficiente.

Capacidad aeróbica suficiente.

Potencia suficiente.

Tolerancia al esfuerzo suficiente.

No para convertirnos en atletas.

Para no vivir demasiado cerca del límite.

Eso cambia incluso la forma de evaluar.

La pregunta “¿estoy bien para mi edad?” me parece bastante pobre.

Puede servir como referencia general.

Pero no dice mucho sobre la vida que queremos llevar.

Me interesa más preguntar:

¿qué quiero seguir pudiendo hacer?

Y después:

¿qué capacidad necesito para que eso siga siendo razonablemente fácil?

Ahí la evaluación empieza a tener una dirección.

No necesitamos un test de reserva funcional

No existe una prueba única de reserva funcional.

Y no me parece un problema.

De hecho, intentar fabricar una probablemente nos llevaría otra vez a reducir algo complejo a un número atractivo.

Primero hay que entender las demandas de la persona.

Después decidir qué capacidades vale la pena medir.

Y sólo entonces interpretar qué tan lejos está de su límite en cada una de ellas.

Eso me parece mucho más útil que perseguir un “score”.

Porque la reserva siempre depende de algo.

De una tarea.

De una necesidad.

De un objetivo.

De una vida concreta.

¿Se puede ampliar?

En buena medida, sí.

La fuerza puede mejorar.

La capacidad cardiorrespiratoria puede mejorar.

La potencia puede mejorar.

El equilibrio puede mejorar.

Distintas formas de rendimiento físico responden al entrenamiento.

No todos responden igual.

No toda pérdida es reversible.

No existe una única receta.

Pero muchas de las capacidades que determinan cuánto margen tenemos son modificables.

Y eso hace que la reserva funcional sea algo más que una idea interesante.

La convierte en una forma útil de pensar el entrenamiento.

No sólo como una herramienta para rendir más.

También como una manera de hacer que ciertas demandas representen menos de nuestra capacidad.

Eso es lo que más me interesa.

No estar siempre intentando empujar el límite.

A veces simplemente queremos que la vida ocurra más lejos de él.

Y para mí, ésa es una forma bastante sensata de pensar la capacidad física a largo plazo.


Referencias

World Health Organization. Ageing and health: Healthy ageing, intrinsic capacity and functional ability. World Health Organization.

Cress ME, Meyer M. Maximal voluntary and functional performance levels needed for independence in adults aged 65 to 97 years. Physical Therapy. 2003;83(1):37–48.

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